Sólo un milagro

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Así como están las cosas tal pareciera que solamente un milagro puede salvar a la Argentina del desastre que sobrevendrá en caso de lograr el kirchnerismo imponerse en las urnas.

Si aún ahora mismo la necesidad de captar votos independientes y de la clase media para evitar el balotaje que probablemente terminaría con sus pretensiones de permanencia el clan oficialista no repara en medios para ahogar las voces que desnudan su pudrición intrínseca, es de imaginar lo que harían los Kunkel, las Bonafini, los Zannini y los Verbistky si toman aire después de octubre y los votantes los liberan de todos estos molestos frenos republicanos.

Sólo esta imagen a futuro debería servir para que muchos ciudadanos que integran el 60% que no comparte ni los modos ni el contenido del hipotético “proyecto” que menean a diario los voceros del gobierno se pongan en alerta para evitar el advenimiento de un régimen tenebroso que día a día reparte muestras gratis de sus torcidas intenciones.

Sin embargo de todo ello, hay algunas señales inquietantes de que de nuevo la sociedad argentina se prepara para tropezar por enésima vez con la misma piedra.

Muchos que compraron la campaña triunfal de Malvinas, el pacto militar sindical de Alfonsín, el éxito de la convertibilidad de Cavallo y el viaje al Primer Mundo de Menem hoy son compradores entusiastas de las engañosas baratijas que vende la viuda como su lucha contra el imperialismo yanqui, la “inclusión social” y otras grageas para la galería total siempre queda el consabido “¡Como nos engañaron!” para autoexculparse en el futuro.

A esto se añade el peso en la balanza electoral de los votos de mozalbetes y adultos tempranos profundos ignorantes de la política y por ende fácilmente seducibles por un discurso que les promete protagonismo, felicidad y reivindicaciones sin la contrapartida de penosos esfuerzos correlativos, apelando a inclinaciones revolucionarias propias de esta etapa de la vida que en la mayoría de los casos se reduce a llevar una remera con la efigie del Che Guevara, cortar calles o tomar colegios y que es potenciada además por el flagelo del desempleo juvenil y del empleo basura de jóvenes que inician su experiencia laboral marcados por la falta de capacitación y la mala preparación resultante de un sistema educativo en franca degradación. Los Kirchner lo hicieron.

Si después de tantos años de maduración democrática y de tantos papelones la señora de Kirchner aún lidera las encuestas de imagen ello se debe computar como una nítida señal del fracaso de una generación tanto de dirigentes como de dirigidos. Que una persona probadamente inepta y de modales pueblerinos, ignorante de las reglas de funcionamiento del mundo sea hoy la mejor opción para gobernar este país es algo realmente patético que solamente se explica en una sociedad cuyos ciudadanos abdicaron de su porción de soberanía y para la cual todos los gatos son pardos en medio de una nebulosa percepción del fenómeno político.

¿Por qué cambiar si todos son iguales? Esta es la pregunta clave que no sin gran parte de razón se hacen muchos que no relacionan la calidad de sus dirigentes con sus penurias cotidianas. Cuando el “que se vayan todos” las turbas enfurecidas atacaban por iguala a los responsables del desquicio como a los que se desgañitaban tiempo atrás advirtiendo las fallas del sistema y a quienes en ese momento nadie escuchaba porque estaban ocupados comprando barato, recorriendo el mundo con monedas y siendo así cómplices necesarios del gobierno menemista cuya mayor preocupación era mantenerse en el poder.

Está a la vista de todos enriquecimiento alevoso del matrimonio, sus funcionarios y sus amigos empresarios, la corrupción, la ineficiencia y la perversa intención de manipular a la opinión pública de este gobierno que compra medios y periodistas con los dineros públicos, aprieta jueces, persigue con los instrumentos del Estado a quienes considera sus enemigos, encubre a funcionarios corruptos, se ríe de las instituciones de la República, incumple los fallos de la Corte y dilapida recursos irresponsablemente.

Sin embargo la sociedad confrontada a estas realidades parece haber adoptado en política el famoso apotegma de la economía liberal “dejar hacer, dejar pasar”. ¿Qué creen que va a pasar si el kirchnerismo se impone por un nuevo período de cuatro años? ¿Cristina Fernández se va a volver unipolar? ¿Diana Conti se va a dejar de hacer los rulos? ¿Hebe de Bonafini va a dejar de agitar el odio y la venganza para envenenar a jóvenes atolondrados?

Por eso, antes de pensar en cómo fortalecer esta democracia enferma hay que encontrar el modo de liberarla de la plaga que la están envileciendo, porque ningún organismo vivo puede prosperar cuando está invadido por parásitos nocivos que se apropian de sus nutrientes y contaminan sus mecanismos fisiológicos.

Y que nadie crea que no van a venir por él.

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