El salario del miedo

Las peripecias del matrimonio Kirchner en este trecho de su gestión recuerdan a las de los camioneros que en el clásico cinematográfico del maestro Henri-Georges Clouzot – “El salario del miedo” – transportan una carga de nitroglicerina por escarpados caminos de montaña: cualquier movimiento equivocado puede terminar en catástrofe.

“El viaje, lleno de incidencias (curvas impracticables, desprendimientos que bloquean la carretera, vertidos de petróleo que impiden el paso de vehículos, etc.), se convierte en una odisea de suspenso que sumerge al espectador en una pesadilla de incertidumbre, tensión y angustia” dice la crítica de Miguel de Palma de Mallorca. Cualquier parecido con la actualidad argentina es pura coincidencia.

A decir verdad, los Kirchner han resultado unos fenomenales innovadores de la ciencia política. Desde haber ganado unas elecciones presidenciales con el menor porcentaje de votos que registra la historia del país, pasando luego por el más insólito caso de nepotismo hasta conducir (?) una gestión asentada hoy por hoy no en su eficacia ni en su popularidad sino en tres pilares: miedo, confusión y especulación, todo entra en el campo de las curiosidades dignas de Ripley.

Inexplicablemente el gobierno de la señora Fernández rajado hasta la médula a causa de su impericia y con pronóstico reservado se sostiene sobre el miedo de gran parte de la población y de toda la dirigencia política, empresaria y sindical con la honrosa excepción del campo.

La voz de orden implícita en la conducta de funcionarios, ciudadanos y dirigentes parece ser “no hagan olas porque Cristina se cae y entramos en una vorágine social política y económica”. ¿Cómo puede sobrevivir un gobierno sostenido por tan endebles razones?

En otras circunstancias y con otros actores podría tildarse a esta actitud de racional y responsable, pero mirando un poco debajo del agua se ve que no sólo es cobarde y acomodaticia sino además inútil: un gobierno dos estrellas, desacreditado, que se queda sin ideas y pregunta a los ruralistas de donde sacar los fondos para reemplazar a las retenciones que ahogan al principal motor de la economía nacional en la más descarnada confesión de orfandad intelectual tiene menos futuro que un espía ciego.

La fórmula para sacar de la conducción del país a quienes ya no están en condiciones de conducirlo es simple y está a la vista de quien quiera mirar: alcanza con suprimir a cara de perro toda facultad que esté fuera de lo que la Constitución y la ley marcan, porque si en los mejores momentos de bonanza necesitaron de superpoderes para gestionar la cosa pública frente a la malaria y sin el manejo discrecional de la caja la señora R.R.P.P. de Néstor Kirchner no tardará en renunciar. Pero por cierto también es preciso elaborar un plan para poner bajo control los inevitables barquinazos que la transición traerá aparejados .

En lugar de eso ¿Que hace la oposición, incluido el campo? Sentarse a perder un tiempo precioso “dialogando” con quienes no sólo se sabe que no tienen la menor idea sobre como encarar la situación fiscal a punto de entrar en terapia intensiva sino que además persisten tercamente en sus mañas y artilugios de corto alcance como lo comprobaron legisladores adormilados que creyeron en la promesa de Rossi que el tema de las facultades extraordinarias se trataría en el Congreso hecha en el mismo momento en que la señora Fernández ya estaba redactando el decreto de necesidad y urgencia para madrugarlos.

Como es obvio, hay también en esta actitud generalizada un significativa cuota de especulación de opositores como lo dejó blanco sobre negro uno de los hombres que participan del diálogo subterráneo que, según Ignacio Fidanza, por estas horas construye la oposición con el Gobierno: “Los Kirchner se tienen que quedar hasta el 2011, pero empezando a ordenar todo lo que desordenaron. Van a tener que hacer los ajustes y correcciones que hacen falta. Esta vez no vamos a ser tan tontos de agarrar la bomba justo antes de que estalle”.

A confesión de parte, relevo de pruebas. Miedo, cobardía, especulación, desorientación e hipocresía conforman la partitura de una melodía suicida titulada “Diálogo con ciegos” alegremente interpretada por la orquesta política en la cubierta del Titanic para un pueblo espectador que aturdido aún espera que dos timoneles de agua dulce perdidos en la niebla marina eviten la colisión con el iceberg porque como dijo Balbín cuando se olía en el aire la caída de Isabelita “siempre hay esperanza para el enfermo hasta cinco minutos antes de la muerte”.

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