Está todo bien, algo anda mal

El pesimismo y el optimismo parecen ser dos emociones colectivas de fácil propagación en la Argentina. Del amargo estado depresivo que se percibía en las calles a principios de año, se pasó a un humor de signo contrario, como si después de las elecciones la sociedad hubiera arrojado una pesada mochila anímica que arrastraba desde 2001 para enfrascarse en una expectativa de mejoría que, a decir verdad, no tiene correlato en una realidad cotidiana que sigue con demasiadas asignaturas pendientes.

Quienes hacemos El Ciudadano decidimos abrir un compás de espera hasta que al señor Kirchner se le pasen los vapores etílicos de un tan inesperado como súbito arribo a la cumbre del poder antes de continuar con la tarea de aportar a la construcción de un país serio que es nuestro leiv motiv.

Esta decisión se tomó porque entendimos que no sería productivo el análisis de los actos de una persona que comprensiblemente se encuentra bajo el impacto emocional de su ascenso, asimilable a una borrachera mayúscula durante la cual podía dar pasos que debían disculparse hasta la recuperación de su estado normal.

Ahora bien, terminada la fiesta es preciso comenzar a mirar donde está parado hoy el pueblo argentino para evitar la repetición de los errores que lo llevaron al fondo del pozo después de haber sido un supuesto ejemplo del éxito de las políticas económicas diagramadas en los cubiles ideológicos de Washington e impuestas por los organismos multilaterales de crédito por medio de ejecutores complacientes como el señor Cavallo.

En tal sentido, se observa que de nuevo la sociedad deposita en un hombre expectativas que exceden con largueza las posibilidades que tiene de responder a ellas. Los exagerados índices de aceptación del mandatario así lo marcan, y eso no es bueno, porque se puede terminar arruinando una buena chance de iniciar de una vez para siempre el camino que llevará a la Argentina a lugares expectables en el concierto internacional.

Un buen ejercicio para recuperar la cordura consiste en tener a mano en el recuerdo las experiencias de los señores Alfonsín, Menem y De la Rúa, cada uno de los cuales a su tiempo navegó en la cresta de la una adhesión popular que cerca estaba de atribuir a cada uno de sus actos la inspiración divina.

“Nos los representantes….”, “Síganme al primer mundo” “Un peso es igual a un dólar” y “Voy a ser el médico de cada enfermo” nos llevaron en veinte años de democracia al terrible escarnio de ser objeto de la conmiseración pública y destinatarios de limosnas extranjeras en el peor momento de la crisis.

Por eso es necesario grabar ahora que el señor Kirchner es sólo una circunstancia probablemente favorable en la vida del país, pero las cosas permanentes pasan mucho mas por las actitudes y la participación que asuma el pueblo frente a los temas estructurales que condicionarán su vida y la de sus descendientes por muchos años.

El primer punto a tener en cuenta es que si bien en política lo que cuentan no son las palabras sino los hechos, gobernar no se reduce a lanzar golpes de efecto sintonizados con aspiraciones de la gente para obtener respaldo popular, como ya lo demostró el fracaso de sus predecesores, cada uno de los cuales recurrió periódicamente a esta táctica tan artificialmente estimulante como dañina.

Gobernar es funamentalmente trazar líneas directrices del futuro nacional en el mediano y largo plazo e ir resolviendo los problemas coyunturales de acuerdo a ellas y no a ponchazos efectistas que la mayor parte de las veces han conspirado contra las posibilidades de materializar aquellas estrategias de fondo.

En este orden de ideas, tiene mucho mas importancia, por ejemplo, el proyecto de armado definitivo de una alianza comercial y diplomática latinoamericana que el reparto de fondos a algunas provincias, la degollina masiva de jefes militares y policiales o los empujones a Nazareno y Barrionuevo.

Pero en lo inmediato, esto último es lo que arroja más réditos en popularidad y justamente por eso entraña el peligro de obnubilar la visión del gobernante para mirar más allá del horizonte y la tentación de convertir al Congreso en un apéndice de la Casa Rosada como ya ha ocurrido en el pasado con los resultados por todos conocidos y sufridos.

Por eso el ciudadano debe estar mas atento a lo que pasa en el Parlamento – que por estos días ha sido un simple decorado que vistió el escenario popular del señor Kirchner – y no tanto a las andanzas del inefable presidente, porque la salud institucional y por ende el futuro del país depende mucho más de la calidad e independencia de la gestión de los habitantes del Palacio Legislativo que de las muestras de energía que gusta de exhibir quien, al fin de cuentas, sólo es el inquilino temporario de la Rosada.

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